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Ana es mi amiga desde la universidad y es en consecuencia, de mis afectos más importantes. De mi círculo cercano y muy, pero que muy querido, ella fue las primera en migrar y fue una experiencia dura para quienes nos quedábamos en Venezuela. Ir a correr, subir al Ávila, bajar a la playa… se volvieron rutinas titánicas porque extrañarla en esos rincones que compartíamos era difícil.

Unos meses después regresó a pasar las fiestas decembrinas con su familia. También, para arreglarlo todo y llevarse a sus dos perras. Durante esos días de euforia, por volvernos a ver, retomamos esos parajes donde nos reíamos, agotábamos, nos llenábamos de energía y hasta compartíamos el silencio, mientras contemplábamos la ciudad desde nuestra sultana, El Ávila, esa parte de la Cordillera de la Costa que rodea nuestra Caracas.

«Ahí descubrí que tenía mi rincón de Venezuela en Chile para ella».

Años después, migré yo. Ana fue de las primeras en enterarse y a pesar de su insistencia para que me fuera a Madrid, yo decidí Chile. Todavía más lejos. Ya perdí la cuenta de los años que tengo sin verla. En el ínterin Ana se convirtió en mamá, sus perritas se fueron al cielo, ha trabajado, ha emprendido, ha reído y seguramente ha llorado… y yo, pues no he estado como antes: en la montaña vecina: vivíamos muy cerca.

Descubriendo rincones

Sin embargo, un día contemplando la cordillera en verano, eso sí, me sorprendió el parecido con El Ávila y recordé mis paseos con Ana. En un recorrido por el Cerro San Cristóbal, miré a Santiago desde las alturas y fue como, en silencio y con Ana, contemplara nuestra Caracas. Ahí descubrí que tenía mi rincón de Venezuela en Chile para ella.

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Y, por un ratito, dejé de extrañarla. La sentía cerca. Así que me dispuse a fotografiar estos «rincones» para regalárselos. A las dos nos gustan las fotografías para decorar alguna pared, así que hice las fotos, las enchulé con la magia del photoshop (uno que otro retoque nada más), las imprimí en un tamaño aceptable, las envolví de tal manera que lleguen impecables y se las envié para que las cuelgue en su casa nueva.

 

Así siento que, por alguna razón, y por esa magia que tiene la fotografía de congelar un pedazo de historia, estamos un poco más cerca. Así que rumbo a la Madre Patria -y con una empresa confiable- van dos fotos que con mucho amor las hice recordando nuestra amistad, nuestras risas… las hice para que le hable a Alessia, su hija, que tiene una tía chocha que vive en un país que no es el de ella, pero que tiene rincones que la reconectan con el suyo, y también con sus afectos, con sus recuerdos y con la esperanza de reencontrarnos pronto en algún lugar… pero, mientras tanto le comparto estos refugios que me regalan sonrisas. Ojalá a Ana también le generen esos recuerdos y le dibujen una que otra sonrisa al verlas y, mientras las contempla le cuente a Alessia de nuestros paseos, conversaciones y complicidades.

 

¿Alguno de ustedes también tiene su rincón de Venezuela en Chile para familiares, amigos… querencias, pues?

 

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