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Incertidumbre, ansiedad y miedo. Esos son los sentimientos que desde hace más de un año y medio me embargan con una frecuencia que preferiría controlar con un poco más de ímpetu.

Salir, caminar, conocer, respirar… las conjugaciones de cada uno de ellos son las que me han permitido lograr un poco de paz en medio de este proceso migratorio que a veces se vuelve un poco tormentoso.

Transitar por cada una de esas formas verbales me llevó hasta el templo Bahai, una construcción circular y hermosa en la que puedes encontrarte contigo mismo sin apuro, sin miedos, sin recriminación… el silencio te arropa y arrulla por el rato que decides estar allí.

La Fe Bahá’í es una de las religiones independientes más jóvenes que existen en el mundo. Surgió a mediados del siglo XIX en Irán, y sus seguidores creen en las enseñanzas de Bahá’u’lláh, su profeta y fundador.

Sus creencias abordan variados temas desde la unidad de Dios y la religión, la unidad de la humanidad y la liberación de los prejuicios, la revelación progresiva de la verdad religiosa, el desarrollo de las cualidades espirituales, la dinámica de las relaciones que deben unir a las personas, comunidades e instituciones a medida que la humanidad avanza hacia su madurez colectiva.

Su mensaje se centra en el principio de que la unidad de la raza humana no sólo es posible, sino inevitable, que todos provenimos de un mismo creador y que el papel de la religión es hacer posible nuestro destino común y asegurar el avance continuo de nuestra civilización.

No es necesario tener auto para llegar al templo. Hay micros que llegan hasta la falda de la montaña donde está erigido. Allí hay varias opciones para subir. Vale la pena visitar este paraíso construido en Santiago y acercarse a la tranquilidad desde el silencio y la naturaleza.

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